Imprenta AGR, mi experiencia como delegado de Clarín.

Entre exageraciones por conveniencia o el más despreciable de los silencios, la noticia simple y dura para cualquier periodista que se respete un poquito será que una de las empresas del grupo Clarín, la imprenta AGR, quedó al borde del cierre por la decisión empresaria de despedir a sus 380 trabajadores. Ese es el título duro. La crónica debería seguir con otras informaciones no menos importantes: que los trabajadores decidieron tomar la planta para evitar sus despidos y que la Policía Federal actuó esta vez con llamativa celeridad para reprimir a quienes apoyaban esa toma. Esa es la noticia, así debería ser escrita y publicada por Clarín, La Nación, Página/12 o Crónica.

Luego puede haber terreno para interpretaciones y hasta para editoriales. Pero recién después. No pueden ser utilizadas estas disquisiciones como excusa para omitir la información, en unos casos, o para utilizarla políticamente en contra de un gobierno, en los otros.

Entre esas cuestiones subjetivas una aparece con muchas frecuencia en estos ratos posteriores a la toma y la represión. Es aquella que argumenta que este desenlace estaba cantado desde hace rato, básicamente porque con los delegados gremiales de AGR-Clarín “no de puede negociar” debido a que están enrolados en ciertas corrientes políticas de izquierda. Su principal referente, en rigor, es Pablo Viñas, que se identifica con claridad como integrante del Partido Obrero. El comunicado de la empresa sobre el conflicto alimenta estas suspicacias: intenta deslegitimar el reclamo por 380 despidos y a quienes lo llevan a cabo calificando a quienes tomaron la planta como “activistas”. Ya no trabajadores. “Activistas” como en el Proceso.

Es aquí que me hacen ruido las cosas y quiero contar mi propia experiencia como delegado de los periodistas de Clarín durante cuatro años largos. Mi paso por el sindicalismo de Prensa empezó con aquella primera elección de una comisión en noviembre de 2012, tras largos años de silencio sindical impuestos luego de los 200 despedidos del 2000, incluyendo a todos los delegados gremiales. Y duró hasta hace pocos meses, cuando se eligieron nuevos delegados por el flamante Sipreba a mediados de 2016. Luego de eso, en un retiro masivo de periodistas, yo decidí dejar de trabajar en Clarín. Y frustrado también dejé el gremialismo.

MI experiencia como delegado fue sencillamente decepcionante. Por mis propias raíces ideológicas, yo concibo el sindicalismo como un medio para mejorar las condiciones de trabajo de mis compañeros y no sencillamente como un arma para la resistencia. Será una ingenuidad, pero yo no pretendo un sindicalismo para defendernos de la patronal sino uno para progresar junto a ella, conciliando en cosas que sean ventajosas para ambos lados del mostrador. En este derrotero, fui sin duda el más negociador de los delegados que hubo en Clarín en los últimos años, hasta casi el extremo de quedar en ridículo frente a mis compañeros de trabajo y hasta parecer funcional a los intereses de la empresa. No hago un mea culpa, todavía creo que negociar era el camino correcto.

Pero lo cierto y dolorosamente cierto es que Clarín, la empresa, el grupo, jamás quiso sentarse a negociar. Ni cosas importantes ni pelotudeces siquiera. Mis mejores ideas quedaron mochas, sin punta, frente a la cara de piedra de quienes nos recibían luego de meses de protestas para que nos recibieran. Nunca decían nada, solo evasivas. Tienen razón, pero… Nuestras ganas de conciliar siempre chocaban contra la negativa de la empresa a conceder el más mínimo de los beneficios.

– Nos decían que perdían plata con el diario y no podían aumentarnos nada. Les decíamos que ganaban plata con Cablevisión y que al menos nos dieran más barato el abono de internet en nuestras casas, pero nada.

– Nos decían que la ofensiva de Moreno era brutal y que los supermercados no querían poner pauta. Les deciamos que nosotros íbamos a ver a Moreno como delegados para convencerlo de que deje a Coto pautar a cambio de que nos dieran un voucher miserable para que podamos comprar morfi en el supermercado. Pero nada.

– Nos sacaron los taxis para salir de Constitución tarde de noche, y les decíamos que necesitábamos un sistema para salir de la zona caliente del diario sin ser choreados, o simplemente sin miedo. Hubo muchos caso de inseguridad, pero hasta que no molieron a palos al principal abogado del diario para sacarle un portafolio no cedieron. Recién ahí montaron un sistema de combis.

Con Clarín no se puede negociar nada, porque tiene orden de no negociar. Su política para el personal es esa: no conceder jamás. Un viejo decrépito llamado Jorge Figueiras, su añoso gerente de personal, aplica otras artes menos modernas: cuando no puede comprar delegados, los echa; nunca se sienta a hablar con los trabajadores salvo que sean los cuatro o cinco que les chupan las medias y lo tratan de padrino; no permite que se estructure un sindicalismo moderno y mucho menos cooperativo: sigue manejando las Paritarias con el sello vacío de la Utpba y desconoce a los nuevos delegados. El viejo de mierda ese se cree al mismo tiempo empleador y empleado.

Así es todo. Y no por ,mérito de Figueras sino por orden de alguien de mucho más arriba. Al viejo carnero finalmente lo corrieron cuando nosotros los trabajadores le empezamos a perder el respeto, nada más grave para un carcamán oxidado. Pero en su reemplazo pusieron una mina de cuarenta y bonita que venía no de sé corporación automotriz, mucho más modosita pero igualmente dócil ante la orden de no negociar nada. Nos sonreía mientars nos cagaba.

Aquí la pregunta a los que buscan por todos los medios descalificar lo que sucede en AGR-Clarín.

¿Quiénes son los activistas? ¿Le quedan otros caminos a los delegados gremiales frente a una empresa que cierra todos los caminos a la negociación? ¿Por qué el gobierno, en lugar de reprimir, no cumple con su tarea de propiciar los caminos para ese entendimiento?

Esta es mi triste experiencia como delegado gremial de Clarín, una empresa que no tiene diálogo con sus empleados más que uno de evidente tono autoritario, de ida sin vuelta.

No hay mayor violencia que eso.

Lo mío fue una furiosa decepción. Salvo porque al irme de la actividad gremial supongo me llevo puesto al execrable de Figueras, quien ya seguro ni conseva el mínimo respeto de sus pares de otras empresas. Si yo puedo decir esto acá sin consecuencias, seguro que es así.

Pero sus prácticas autoritarias siguen vigentes con nuevos modos. Y lo triste es que el gobierno las respalda.

Del Facebook de Matias Longoni

 

Related Posts

(Visited 6 times, 6 visits today)

Comments

comments

Compartir
A %d blogueros les gusta esto: