Bieckert su demolición en Lavallol – El símbolo del país que el liberalismo convirtió en escombros
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Ver Más NoticiasLa histórica fábrica de Llavallol, que empleó a 2.000 trabajadores y fue motor del Conurbano, cae bajo las excavadoras mientras la industria argentina se desangra con las políticas de Milei.
Por Fernando Etchadoy Cañuelas Noticias – 14 de septiembre de 2026 – Las máquinas no tuvieron piedad. Sobre la Avenida Antártida Argentina, en Llavallol, las excavadoras redujeron a escombros lo que alguna vez fue la primera fábrica de cerveza industrial de la Argentina. La Cervecería Bieckert, un coloso de ladrillo y hormigón que se alzó en 1908 y que llegó a emplear a 2.000 trabajadores, ya no está. Su demolición no es un simple hecho de renovación urbana: es el epílogo de un modelo de país que decidió destruir su industria y regalar su soberanía.
La desindustrialización como política de Estado
El cierre de Bieckert en 1997 no fue una fatalidad del mercado. Fue el resultado de decisiones políticas que se profundizaron con el correr de los años. Durante los años 90, la apertura indiscriminada y las privatizaciones desmantelaron el entramado productivo. Con Mauricio Macri (2015-2019) la industria cayó 11,5% y el sector textil se derrumbó 24,6%. Pero fue con el gobierno de Javier Milei donde la destrucción alcanzó niveles inéditos.
Desde diciembre de 2023, se perdieron cerca de 30.000 empresas, y las proyecciones indican que este año podrían cerrar 3.300 industrias más, con una pérdida estimada de 100.000 empleos directos e indirectos. La producción industrial se derrumbó un 5% intermensual en julio de 2026, y el nivel de actividad se ubica 18,7% por debajo del máximo alcanzado en noviembre de 2017.
El gobernador de Buenos Aires, Axel Kicillof, fue categórico: “Estamos viviendo una etapa de quiebre en la industria argentina. Es una decisión política del gobierno nacional desindustrializar el país, quieren un país sin industria”. Y agregó: “La política económica está andando bien en el sentido de dar los frutos esperados. Está quebrándolos a todos ustedes. Es el objetivo”.
La industria automotriz: el motor que se apaga
La crisis golpea con especial crudeza al sector automotriz, símbolo de la capacidad productiva nacional. Stellantis cerró uno de los dos turnos de su planta de El Palomar y abrió retiros voluntarios; Toyota analiza reducir de tres a dos turnos en Zárate, lo que implicaría 500 despidos, tras ya haber ejecutado 700 desvinculaciones.
Los números son demoledores: en enero de 2026 la producción automotriz fue de apenas 5.266 unidades, un desplome del 38,5%. La caída acumulada del año alcanzó el 17%, mientras los patentamientos de Peugeot se derrumbaron un 32% en el primer bimestre. Adient, proveedora de asientos de General Motors, cerró su planta en Santa Fe y despidió a 70 empleados para importar desde Brasil.
El vicepresidente de la UIA, Fabián Espósito, lo resumió con crudeza: “Estamos manejados por un trader que no sabe lo que es un torno”.
El empleo industrial: 246.000 puestos destruidos
El impacto sobre el trabajo es catastrófico. Más de 246.000 empleos privados formales se perdieron desde noviembre de 2023, según la consultora Invecq, con un ritmo de 7.500 despidos por mes entre diciembre de 2025 y junio de 2026. Las estadísticas del SIPA elevan la destrucción total a 354.000 empleos registrados, mientras el número de monotributistas creció un 8%: la informalidad avanza como única salida.
La industria, la construcción y el comercio —que representaban el 50% del empleo asalariado privado— concentran 93.000 puestos perdidos desde junio de 2025. La industria manufacturera acumula 20 meses de retrocesos y perdió más de 52.500 empleos en el último año.
En Zárate, Miguel Márquez, de 62 años, trabajó 20 años en la fábrica de productos químicos Clariant hasta su cierre en 2025. Solo dos de los 42 despedidos consiguieron trabajo registrado; el resto, como él, se las arregla con trabajos informales. “Como no tienen ninguna restricción, les conviene traer de Brasil”, explicó.
El consumo interno: el mercado que se apaga
El modelo liberal no solo destruye la oferta: también aniquila la demanda. Las ventas minoristas Pyme cayeron 2,4% en los primeros ocho meses de 2026, y la CAME advirtió que la caída del consumo afecta “con gravedad al comercio y a la industria, con impacto directo en el mercado interno”. En Santa Fe, un informe del Centro Comercial reportó una caída de facturación del 45,9% interanual.
La fábrica de calzado Kioshi, en Esteban Echeverría, tenía 120 empleados en 2023. Hoy cuenta con apenas 14. “El mercado interno está muerto, la gente no tiene plata para consumir, difícilmente van a comprar calzado”, dice su director, Emmanuel Fernández, señalando además la “avalancha de importación”.
El economista José Castillo lo explica: “El nudo que le está pegando a la industria es la caída en el consumo interno, la caída en el poder adquisitivo de los ingresos disponibles”. Atacar el consumo privado —que representa el 70% de la riqueza del país— significa atacar el motor principal del crecimiento económico.
Apertura importadora: la cancha desnivelada
La apertura indiscriminada de importaciones agrava el cuadro. En Santa Fe, 17 meses consecutivos de aumento de importaciones coincidieron con el cierre de 2.300 pymes y la pérdida de 12.500 empleos. El sector textil es el más golpeado: se importaron 8 millones de neumáticos en 2025 cuando el consumo interno es de 10 millones.
Mario Galizzi, presidente de APYME Santa Fe, lo describe sin eufemismos: “El mercado interno argentino está literalmente destrozado. A la gran masa salarial no le alcanza para consumir”. Y denuncia la asimetría: “La cancha está totalmente desnivelada”, con impuestos que encarecen los productos locales al menos un 35% mientras otros países aplican aranceles y subsidios para defender su industria.
La consultora I+D lo denomina “efecto sándwich”: la debilidad de la demanda y el aumento de costos atrapan a las empresas, que venden por debajo de sus costos de producción. “No es una destrucción creativa. Es destrucción y punto”, sentencia Diego Coatz, exdirector de la UIA.
Reforma laboral: precarizar para competir
En febrero de 2026, el Senado aprobó la reforma laboral impulsada por Milei, que reduce indemnizaciones por despido, empeora el derecho a vacaciones y licencias, alarga las jornadas y limita los derechos sindicales y la huelga. El proyecto habilita un “banco de horas” para compensar horas extras con tiempo libre y el fraccionamiento de vacaciones.
Los sindicatos advierten que los cambios derivarán en mayor precarización laboral y pérdida de derechos colectivos. El Papa León XIV recibió a una delegación de la CGT que le expuso “el deterioro social, la pérdida del poder adquisitivo, la precarización laboral y las deudas de los hogares”, y reclamó “modelos de desarrollo más humanos y solidarios”.
El proyecto liberal no busca generar empleo de calidad: busca trabajadores desesperados que acepten cualquier condición. Como dijo el propio presidente, su política de austeridad y desregulación “no es negociable”.
El país que se quiere construir: economía de enclave
El modelo de Milei no es un accidente: es un diseño. José Castillo describe el objetivo: “Ir hacia un modelo de economía de enclave basado en los sectores de ventajas comparativas históricos como el sector primario exportador de la agroindustria o minería, gas y petróleo”. Es decir, un país que exporta materia prima e importa todo lo demás, sin industria, sin valor agregado, sin soberanía productiva.
Mientras tanto, la capacidad instalada de la industria opera al 60%, y más del 40% está ociosa. Las máquinas que no se usan se venden como chatarra. Las fábricas que cierran no se reconvierten: se demuelen. Como Bieckert.
Lo que se pierde cuando se demuele una fábrica
La demolición de Bieckert no es solo la pérdida de un edificio. Es la pérdida de una comunidad. Fue Bieckert la que impulsó la Escuela N° 4, la que construyó el Teatro Cosmopolita, la que dio trabajo a generaciones de inmigrantes que se asentaron en Llavallol. Su chimenea era visible desde el Tren Roca; su sirena marcaba el ritmo del barrio.
Hoy, mientras las excavadoras terminan su trabajo, los vecinos contemplan cómo su historia se convierte en polvo. El incendio de marzo de 2026, que muchos interpretaron como “oportuno” para justificar la demolición, fue el último acto de una tragedia anunciada.
Argentina necesita recuperar el rumbo de la producción, el trabajo digno y el consumo interno. Necesita un modelo que fortalezca la industria nacional, que premie el esfuerzo colectivo y no la especulación financiera, que defienda la soberanía productiva y no la entregue al mejor postor. La demolición de Bieckert debe ser un llamado de alerta: no podemos permitir que sigan demoliendo el país.
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Por Fernando Etchadoy
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14 de septiembre 2026
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