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El día que el cielo se encendió sobre Cañuelas: un testimonio real y estremecedor”

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La memoria a veces juega malas pasadas, pero hay instantes que el tiempo no logra desdibujar. Corría el año 1980, una noche clara de primavera de cuarto creciente, y yo “Fernando Daniel Etchadoy” tenía apenas quince años. La imagen que usted ve en estas fotografías —esa silueta oscura coronada por un haz de luz cegadora y esferas de fuego— es la misma que se grabó a fuego en mis pupilas hace más de cuatro décadas. Lo que voy a relatar no es un cuento; es un suceso que marcó para siempre mi vida y la de mi familia.

Vivíamos en la calle Alem 797, en Cañuelas, una de esas viviendas asignadas por el Ferrocarril Roca, entonces un ente estatal. A escasos metros de casa corrían las vías. Mi padre, un hombre de carácter fuerte, se desempeñaba como Jefe de Sector Comercial en la Superintendencia Zona Tráfico Cañuelas, cargo que abarcaba desde Ezeiza hasta Bahía Blanca. En aquella época, el fragor de los trenes —especialmente el rápido que cruzaba rumbo el “Bahiense Estrella del Sur” Estrella del Valle “El Zapala” — viajaban a 120 km por hora, ya que las vías se renovaban en un periodo de 3 años, con muchos empleados en Vía y obras, una fuente de trabajo, que se perdió, era parte de la banda sonora de nuestro hogar. La casa tenía un patio amplio, con dos árboles enormes a la derecha y otros dos a la izquierda, un cerco de cañas de la India y, en el centro, un limonero de unos dos metros de altura.

Aquella noche, cerca de las 20:00, estaba en el comedor de la casa —una habitación de cinco por tres metros, unida a otra de cuatro por cuatro iluminada por una claraboya— haciendo mis deberes del segundo año del bachillerato de la Escuela Nacional José Manuel Estrada. Mi madre, Nina, me pidió que saliera a buscar dos limones del árbol del patio. Yo, entretenido terminando un trabajo, me levanté de la mesa y me dispuse a cumplir el encargo con prisa, corriendo hacia la puerta de la izquierda, empujando la mosquitera y saliendo al corredor lateral techado, donde las bicicletas descansaban apoyadas contra la pared.

El corredor, rodeado por una parra de uva chinche, apenas se iluminaba con una tenue lámpara de 25 watts. Mientras corría hacia el limonero, la oscuridad del patio era absoluta, aunque las estrellas brillaban con una nitidez inusual. Fue entonces cuando sentí un estruendo que hizo vibrar el suelo y los árboles. Inicialmente, pensé que era el cruce de dos trenes rápidos, un sonido al que estábamos acostumbrados porque la casa entera temblaba con su paso. Pero algo no encajaba: al mirar hacia las vías, no vi locomotora alguna.

Y entonces, el cielo se abrió.

A unos diez metros de altura, justo sobre la copa de los árboles, apareció una nave de forma estelar. Era una estructura de cinco puntas, similar a una estrella metálica, con una barandilla de lanzas que recorría el contorno de la parte superior. Lo más perturbador era lo que colgaba bajo cada uno de los extremos: esferas de fuego en cuyo interior parecía girar una llama furiosa, oscilando entre el amarillo intenso y el naranja sanguíneo. En el centro, una esfera de mayor tamaño irradiaba la misma luz hipnótica y vibrante. El tamaño de la nave era colosal; no solo abarcaba la totalidad del terreno de nuestra casa, sino que se extendía por encima de las vías del ferrocarril y la calle Alem.

El silencio contrastaba con el temblor del suelo; la nave no producía la ráfaga de viento que habría generado un helicóptero, sino una vibración profunda que se me metió en los huesos. Lo que para mi percepción duró una eternidad —media hora de puro asombro— en la realidad física apenas transcurrieron milisegundos. En un acto reflejo, caí de espaldas, con la mirada fija en ese aparato que me parecía una aparición de otro mundo. El pánico y una curiosidad casi animal se mezclaron dentro de mí. Sin poder procesar del todo lo que veía, me giré y empecé a correr de vuelta hacia la casa, tropezando con los pastos, con la adrenalina a mil y el corazón golpeándome el pecho.

Cuando llegué a la cocina, jadeante y pálido, le grité a mi madre lo que acababa de ver: una estrella metálica con barandillas de puntas y esferas de fuego. Ella salió a la puerta del corredor para verificar, pero no había nada. El cielo ya estaba vacío. “Te habrá parecido”, me dijo, restándole importancia. En ese instante, la incredulidad de mi madre me generó una profunda bronca; yo sabía que no me había equivocado, que aquello era real.

Pero lo peor estaba por llegar. Durante los dos años siguientes, desde 1980 hasta 1982, la casa se convirtió en un escenario de fenómenos paranormales. En mi habitación, una de las tres que tenía la vivienda, era imposible conciliar el sueño. Escuchaba ruidos de vajilla, como si alguien estuviera lavando platos a altas horas de la madrugada, o el eco de pasos que recorrían la casa mientras todos dormíamos. Yo optaba por cerrar la puerta con llave y dormir con la luz encendida, aterrado.

Para colmo de males, el destino nos golpeó con dureza. Mi padre perdió su empleo de más de treinta años en el Ferrocarril. En plena dictadura militar, no había derecho a juicio ni a reclamo; te despedían y punto. En 1982, abandonamos la casa de Alem 797, dejando atrás no solo un hogar, sino también los ecos de aquella experiencia que nos persiguió como un fantasma.

Con la llegada de internet, allá por el año 2007, encontré un video en YouTube sobre ovnis en Haití. Al verlo, mis ojos se abrieron con incredulidad: era exactamente lo mismo que vi aquella noche de 1980. Las luces, la forma estrellada, las esferas de fuego. Corrí a llamar a mi madre y le mostré la pantalla. “¿Viste? No me pareció. ¡Fue real!”, le grité, con la convicción de quien lleva más de veinte años cargando con una verdad que nadie quiso escuchar.

Hoy, aquella casa de la calle Alem hoy es un terreno usurpado y abandonado, como gran parte de lo que fue el complejo ferroviario, despojado de su tanque de agua y de su sistema de potabilización. Pero la imagen de aquella nave, tal y como se observa en las fotografías que acompañan este testimonio, nunca ha dejado de visitarme. Si alguien pone en duda mi relato, solo les pido que miren el cielo en una noche clara. A veces, el pasado se cuela entre las nubes para recordarnos que no estamos solos, y que hay misterios que este mundo, con todo su conocimiento, aún no ha podido descifrar.

Por Fernando Etchadoy

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12 de Agosto de 2026
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